Sobre Un reino junto al mar. Río de Janeiro y Mar del Plata, rumor e imaginación (Santiago García Navarro, RIPIO, 2022)

Por Pablo Pachilla

 

“¡No puede ser!”, grité cuando leí la última palabra de Un reino junto al mar, de Santiago García Navarro. Llego tarde a este libro (como siempre a todo), que salió en 2022, aunque siento que fue escrito, no sé si tanto para mí como por una versión mejor de mí mismo, un sosías en un universo paralelo con el que compartimos la fascinación por cierto objeto inaprehensible, pero él tiene la paciencia y la obstinación del detective, cualidades de las que yo carezco y que, junto con su erudición estética y la precisión de su sentido literario, lo terminan llevando a buen puerto. Ese objeto inaprehensible tiene algo que ver con la ciudad, con las ciudades, con el imaginario en torno a las ciudades –o más bien con las ciudades en tanto imaginarias. No, eso último no; corrijo: con la indistinción entre lo imaginario y lo real que se hace evidente en determinados fenómenos urbanísticos. Pero esto no es decir nada, porque lo importante es otra cosa, que pasa por la sensación. Una ciudad, en su núcleo más íntimo, en su realidad, es algo que se puede sentir, aunque es un sentir raro que requiere un balance calibrado entre la ausencia y la presencia, como la foto del protagonista con los ojos cerrados en la playa de niño, o su caminata paralela al mar, pero no sobre la costanera, sino a unas pocas cuadras, de manera tal que el ruido y el viento salado lleguen ritmados a oleadas, pausados, más como la batida de João Gilberto que como una luz frontal.

Y esta fascinación, esta obsesión, esta compulsión, tampoco es por cualquier ciudad, por todas las ciudades sin distinción, al modo de una pasión erudita generalizada. Está localizada en dos ciudades –esta es de algún modo la hipótesis– gemelas. No tiene mayor importancia que el autor sea oriundo de la primera y que haya vivido en la segunda. Lo primero es azar y lo segundo será pasión. Porque ni la singularidad de Mar del Plata y de Río de Janeiro ni la relación entre ambas es fruto de meras contingencias biográficas. El autor simplemente captó algo que estaba ahí. Pero ahí, ¿dónde? Esa es una de las preguntas importantes. Porque la inaprehensibilidad del objeto en cuestión tiene que ver –al menos en un primer momento– con la especularidad. 

Repongo contexto. El protagonista, Ariel Suez, tiene una hipótesis de investigación: MP fue modelo de balneario moderno para Río en los 60, y MP sufrió a su vez un proceso de brasileñización difuso. Pero encontrar MP en Río y Río en MP no es tan sencillo. En una célebre ilustración del concepto de error categorial, Gilbert Ryle cuenta el caso de un visitante extranjero al que llevan a recorrer la Universidad de Oxford. Lo llevan a ver los diferentes edificios, las bibliotecas, los campos de deportes, y al final del recorrido el visitante, perplejo, dice algo como “Sí, OK, pero ¿dónde está la Universidad?” Algo así pasa con nuestro “objeto inaprehensible”, porque encontrar MP en Río no es –al menos no principalmente– encontrar retazos de MP adentro de Río –como cuando Zoolander interpreta literalmente que el documento que busca está adentro de la computadora–. Aunque es también un poco esto. Porque hay indicios, fragmentos, señales, que constituyen, como los edificios de la Universidad, algunos de los elementos del objeto, aunque no se identifiquen con él.

Ahora bien, lo que vuelve aún más complejo este “objeto de estudio”, y obliga a que el “método de investigación” sea necesariamente intuitivo, abarcando pero sobrepasando los métodos científicos habituales hacia una dimensión ignorada por la ciencia es que el objeto en cuestión no es ni siquiera una totalidad como podrían serlo Río o MP tomados por separado –ni siquiera MP en Río o Río en MP tomados por separado, porque no son los ingredientes los que hacen la receta sino un modo preciso de ponerlos en relación. Siguiendo con el paralelismo de Ryle, el objeto en cuestión no es ni siquiera la Universidad sino, en todo caso, la relación especular entre, digamos, Oxford y Cambridge. De tal modo que Suez cometería un error categorial si buscara su objeto con las herramientas tradicionales. ¿Cómo se busca un espejismo? Pero –y esto es lo fundamental– uno que, si bien se aleja cuando unx se acerca, genera efectos tangibles. ¿Cómo suena la palmada de una sola mano? Patrones ondulados en las baldosas de un barrio, similitudes arquitectónicas inexplicables, sintagmas que aparecen misteriosamente injertados, revistas, palabras, vestigios. Bergsoniano, proustiano, benjaminiano y warburgiano, todo eso debe ser el método para que no le esquive su objeto, sin olvidar el trabajo del campo del antropólogo, el método experimental falibilista en los puntos susceptibles de ser falseables –pues ya queda claro no todos lo son–, sumado a tareas de detective, entrevistador, archivista, psicólogo, flâneur y monje.

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Escribe el narrador: “Las artes tienen la capacidad de transformar lugares reales en lugares imaginarios, de modo que un* puede hacer el viaje de las obras a los emplazamientos físicos y experimentar sus distancias y cercanías. Más de una vez, estando en un lugar real que antes había visto en un cuadro o una novela sentí nostalgia.” Si es así, buscar lo que nos interesa exclusivamente en el terreno de los hechos coarta de antemano cualquier chance de éxito. Lo crucial es evitar el escollo de la supuesta rivalidad o mutua exclusividad entre lo imaginario y lo real (como sostiene Suez en algún momento, hay múltiples combinaciones posibles entre esos polos).

Nada más errado que la célebre proposición con la que Wittgenstein empieza su Tractatus: “El mundo es todo lo que es el caso”. El mundo no se compone sólo de hechos realizados, sino también de un campo de posibilidades relevantes que rodea a esos hechos. Whitehead (Proceso y realidad) llamó a ese campo penumbra of eternal objects: que Napoleón haya ganado la batalla de Waterloo es un hecho relevante, aunque no sea una “ocasión actual”, dado que el hecho de que efectivamente haya perdido no significaría lo que significa si no fuera por la sombra de su posible victoria.

Sin embargo, la noción de posibilidad no capta bien la dimensionalidad en juego. Hay que pensar más bien en algo gordo, como el cono de Bergson al que vamos a buscar el pasado, magma que contiene todos los souvenirs purs que, de ser invocados, podrán instanciarse en imágenes –lo que llamamos recuerdos. La posibilidad, en cambio, con su lógica de los senderos que se bifurcan, corresponde a las series intensivas que se despliegan cuando se intenta encontrar un origen empírico; cuando se intenta, como Suez en el libro, localizar exactamente las correspondencias que fundamentarían la intuición en cuestión. Pero el investigador pronto se da cuenta de que quiere seguir las series por placer, por curiosidad, por fidelidad al fuego que anima la vida, y no para encontrarle un fundamento a su hipótesis. Porque el fundamento de su hipótesis está en otra parte, y su objeto no es localizable.

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Hay cosas que solo percibimos cuando estamos en duermevela, o en un estado de profunda relajación, meditando o haciendo yoga. Esas cosas existen. Obviamente no al modo de una mesa o una silla porque, si bien tienen una corporeidad, ella no está en el espacio sino que es el correlato inmaterial de una sensación pura.

Creo que lo que mueve al investigador del libro es la percepción de una de estas cosas.

A veces, estas cosas son capas virtuales de la realidad efectiva. Podemos imaginarlas con un ejercicio. Visualicemos la realidad como bidimensional y agreguémosle una tercera dimensión, de tal modo que esta profundidad condense todo aquello que no percibimos efectivamente, pero que está sin embargo latente en la experiencia efectiva. Cortemos rodajas finitas a través de esta tercera dimensión y obtendremos ciertas láminas: estas láminas son nuestros “objetos”, nuestras “cosas”, pero cosas cuyo modo de existencia se parece más al de los sueños que al de la vigilia.

La playa es un lugar especial para captar estos objetos. También la infancia.

Se los podría llamar Ideas, siempre que se entienda por ellas lo contrario de la abstracción.

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Leibniz mostró que la conciencia es sólo la punta de un continuo infinitamente denso de micropercepciones que estructuran nuestra experiencia pasando desapercibidas. Así, el murmullo del mar que nos impresiona cuando estamos en la orilla requiere oír, aunque confusamente, el ruido de cada ola. “Estas pequeñas percepciones son, por tanto, de mayor eficacia de lo que se cree. Son ellas las que constituyen este no sé qué, estos gustos, estas imágenes de las cualidades de los sentidos, claras en el conjunto, pero confusas en las partes, estas impresiones que los cuerpos circundantes hacen sobre nosotros, y que rodean el infinito, esta unión que cada ser tiene con todo el resto del universo. Cabe incluso decir que como consecuencia de estas pequeñas percepciones el presente está preñado de futuro y cargado de pasado, que todo es conspirante (συμπαθέα πάντα, como decía Hipócrates) y que hasta en la más mínima de las sustancias unos ojos tan penetrantes como los de Dios podrían leer toda la serie de las cosas del universo.” (Nuevos ensayos sobre el entendimiento humano).

¿Es casual que el ejemplo de Leibniz sea precisamente el mugissement de la mer? Rumor e imaginación. ¡Falta que hable de Río y MP! Aunque, claro, su ejemplo más famoso concierne precisamente una ciudad. (Así como las Ideas recorren necesariamente la experiencia de todxs, también lo hacen las ideas de Ideas, aunque en diferentes grados y aspectos.) ¿Cuál es exactamente la relación entre la multiplicidad del murmullo y la singularidad de la sensación que genera?

// Necesito fumar. El corazón me late rápido. Acá está todo. 

Pero no, no hay que excitarse. Vamo a calmarno. //

Las copas de los árboles se balancean a un lado para el otro en el pulmón de manzana. Una nube gigante pasa perceptiblemente rápido. Ahora el verde agrega algunos movimientos menores, como si tuviera algunos comentarios al pasar sobre la intensa conversación previa. Ahora se reanuda; luego para.

(Aguantá, Saer...)

Calma.

Para Descartes, una idea era tanto más distinta cuanto más clara fuera. Leibniz, por el contrario, sostiene que una idea clara es, por sí misma, confusa. Es clara porque permite reconocer el objeto, pero es confusa porque no podemos distinguir los elementos que la componen. Deleuze radicaliza este hallazgo para definir la naturaleza de las Ideas. Mientras que la percepción consciente es clara-confusa (como el rumor del mar), el fundamento que la produce (las pequeñas percepciones de cada gota) es distinto-oscuro. Lo que es distinto (las relaciones diferenciales de la Idea) es necesariamente oscuro para nosotros porque pertenece al inconsciente virtual; y lo que es claro en nuestra conciencia es necesariamente confuso porque es un resultado que oculta su propia génesis.

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Todo el mundo sabe que las ciudades tienen una personalidad tan compleja y singular como la de las personas. De hecho, sus nombres propios designan mucho más que un lugar –“una identidad manifiesta y secreta, un perfume, un sabor”, dice Nancy (La ciudad a lo lejos).

De mis veranos en Mar del Plata cuando era chico, lo más preciado para mí es el olor a gente recién bañada caminando por la peatonal cuando cae la noche. A veces me sobreviene la sensación de transportarme ahí de repente, y me doy cuenta de que estoy pasando por una lavandería, cuyos efluvios me llegaron y dispararon el rapto. (Me alegré mucho cuando me enteré de la existencia de Proust.)

Pero la ciudad con la que tuve una relación más fuerte es Río de Janeiro. Durante una época de mi vida, esta ciudad fue todo para mí.

Lo primero fueron los vinilos que había en mi casa y los cassettes que escuchaban mis tías. A ese primer momento voy a llamarlo precursor. Algo se gestó pasivamente en esas escuchas. Pero algo que no hubiera significado mucho de no ser por el segundo momento, que fue cuando, después de terminar el secundario, descubrí en el departamento de mi viejo el CD de Getz/Gilberto (1964). Ahí la flor comenzó a abrirse. Fascinación es la única palabra que puede describir de manera aproximada lo que me pasó. Este segundo momento duró varios años, y fue puntuado por otros descubrimientos musicales, de los cuales para no aburrir solo voy a mencionar los más importantes: el vinilo de Vida (1980) de Chico Buarque, y Cartola (1974) de Cartola –al que llegué por un profesor de guitarra, creo que en formato mp3–, a los que habría que agregar los dos vinilos de Vinicius y Toquinho en las respectivas Fusas de MP y Punta del Este.

Quisiera hablar sobre lo que viví cuando fui una semana a Río por invitación de mi vieja pocos años más tarde, pero lo más preciso es decir que fue como entrar en una nube, y esa nube era Dios. Por esa época, ya trabajaba enseñando español a extranjerxs, y mi principal aliciente –además de ganar algo de plata para poder irme a vivir solo– era aprender todo lo que mis estudiantes brasileñxs pudieran enseñarme. “Aprender” es una manera de decir que cualquier signo que emitieran era para mí una manifestación –nimia, trivial, y por lo tanto esencial– de la deidad que los expelía.

Escuchar la Samba do avião al doblar en el aire sobre (los brazos abiertos de) la Bahía de Guanabara y aterrizar en el Galeão –rebautizado en homenaje al mejor, al más elegante y perfecto de todos los compositores, Antônio Carlos Jobim– fue entrar en el cielo en la tierra. Caminar por Cinelândia era atravesar con mi propio cuerpo la materia divina. Un misticismo sensible, porque la divinidad no se ocultaba, sino que se mostraba hasta en sus rincones más íntimos –el barullo del tráfico, las feijoadas por peso, fragmentos de conversaciones escuchadas al azar.

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Cuento lo anterior por dos razones. Una es expresar hasta qué punto el objeto de Un reino junto al mar me tocó de cerca, la electricidad que me recorrió al empezar a leerlo y ver en qué grado su objeto de alguna manera me concernía. Lo importante ahí no es que yo nada, sino que las dos ciudades del libro también se me mostraron, de un modo temático, en una dimensión que a veces permanece latente. Deleuze (Proust y los signos) es quien mejor identifica que hay condiciones subjetivas y objetivas de estos fenómenos, pero que (1) estas condiciones no significan nada en sí mismas –es obvio que no hace falta haber tenido una relación con estas ciudades para disfrutar el libro– y (2) que, hasta cierto punto, ellas mismas son producidas por la obra, en el sentido de que es ella quien las busca y encuentra, quien las hace resonar.

La otra es subrayar un factor estructural en la constitución de estos objetos, que es que se construyen mediante series y por resonancia entre esas series. (Deleuze, Diferencia y repetición). Esa resonancia tiene muchos modos de funcionamiento, y uno de ellos es el temporal: un elemento del pasado –como la música escuchada de chico– se activa con la aparición de una nueva experiencia, y la tensión entre los dos momentos produce algo que antes no estaba. Brasil. Río. No se trata obviamente de la ciudad objetivada. Pero tampoco de una impresión meramente subjetiva. Como el intelecto nos suele presentar una disyunción exclusiva entre esas dos opciones, es necesaria la intuición para llegar a saber que lo que se experimenta de ese modo existe realmente. Por un lado, otrxs también lo experimentan, si bien desde otros ángulos; pero, además, tampoco es que la cosa exista solo porque otrxs la perciben, como si fuera un accidente que inhiere en una variedad de sujetos sustanciales. Es mucho más (y menos) que eso.

Volvamos a la especularidad. No se trata ni de Río ni de MP por separado –ya lo dijimos–, sino del magnetismo entre ambxs. MP como imagen para Río; Río como imagen para MP. La sustancia del objeto del que hablamos es pura relación. A tal punto que su carácter relacional se extiende a todos los componentes, se sigan hasta donde se sigan. No vamos a encontrar los átomos de los que finalmente estaría constituida la cosa, porque cada elemento de la serie es el relámpago de otra serie. Hay campos eléctricos por todos lados.

MP resuena en Río, y Río a su vez resuena en MP. Tenemos una serie Río-MP, que es la serie maestra que organiza el libro. Pero a un nivel más cercano, son las series de MP las que resuenan en series de Río y viceversa. Significantes como Urca, patrones visuales como el del calçadão de Copacabana, peculiaridades arquitectónicas, fotos y personas: todo se transforma en una pista cuyas series deben ser desplegadas en la investigación –aunque más no sea para descubrir que remiten a otras. De ahí lo llinasiano del libro: la proliferación no se interrumpe. Por eso el final solo puede ser una especie de sueño –un sueño bueno, feliz, de esos que se tienen una sola vez, donde todas las personas importantes en la investigación que es la vida o viceversa desfilan en una danza sagrada pero a la vez muy prosaica que recuerda al final de . De esa manera, el libro no solo sortea el lugar común de los agradecimientos, sino que lo transforma en un carnaval del eterno retorno, donde todo vuelve salvo lo indiferente.

Lo que quiero decir es que el libro construye un dispositivo óptico que hace visible algo que de otro modo no lo era: al colocar a MP y Río a cierta distancia la una de la otra, y hacer que la luz de una se refleje en la otra y viceversa, un objeto aparece en el medio. Ese objeto, que en rigor podría considerarse un espejismo, permite sin embargo enfocar la profundidad de campo tanto de MP como de Río –una profundidad de campo totalmente real por cuenta propia. Un truco que permite ver. ¿No se supone que es esto lo que hacen el arte y la magia?

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Decidí ubicar el libro en mi biblioteca entre estos dos:

 

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A saudade não é só brasileira.

 

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